Cómo Cleusa Uenaka aprendió a priorizarse en el deporte
Tras décadas dedicadas a cuidar a su familia, la corredora halló en el consejo de su padre y en el duelo por su hermana la fuerza para vivir.
Cleusa Uenaka pasó años anteponiendo las necesidades de sus padres, hermanos y amigos a las suyas. Tras vivir profundas pérdidas familiares, comprendió la urgencia del autocuidado y convirtió el running en un compromiso de vida, rindiendo tributo a su hermana incluso el día de su despedida.
Dedicar la vida a cuidar de quienes la rodean es un rasgo distintivo en la trayectoria de Cleusa Uenaka. A lo largo de décadas en las que combinó su trabajo en ventas con la crianza de tres hijos, estuvo en la primera línea de apoyo para familiares y amigos. Este instinto protector postergó proyectos personales y viajes, manteniendo su atención plena en la asistencia a su madre, diagnosticada con Alzheimer, a una pareja de amigos en tratamiento oncológico y, más adelante, a su padre y a su hermana mayor.
El punto de inflexión y el consejo paterno
La certeza de que ella también necesitaba cuidados tardó en consolidarse. El momento decisivo llegó acompañado de sus propios problemas de salud y de una conversación trascendental con su padre, quien vivió hasta los 97 años. Cuando Cleusa decidió cambiar de rutina y mudarse a Ubatuba, en la costa de São Paulo, dudaba en dejarlo. El consejo paterno fue contundente: cada quien tiene su propia vida y diferentes ritmos, por lo que no debía atar sus pasos a quien ya se encontraba en la recta final del camino.
Comprender que la responsabilidad de la propia salud no puede delegarse en médicos ni familiares impulsó un cambio definitivo de mentalidad. Cleusa entendió que debía ponerse como prioridad antes de que fuera tarde, asumiendo el protagonismo de su bienestar diario.
Correr en el cementerio como homenaje a su hermana
Entre las pérdidas más dolorosas estuvo la de su hermana mayor, nueve años mayor que ella, quien fungía como consejera y segunda madre. Diagnosticada con cáncer a los 43 años, vivió hasta los 80 bajo el atento acompañamiento de Cleusa. Durante esa etapa juntas, su hermana se convirtió en una de las principales impulsoras de su actividad deportiva, proponiéndole salir a caminar mientras Cleusa corría.
El lazo con ese impulso fue tan profundo que, el mismo día del velorio en el cementerio, Cleusa se calzó las zapatillas y completó su carrera. El gesto, lejos de ser un simple entrenamiento, fue un acto de respeto y gratitud hacia la perseverancia aprendida en familia, transformando el dolor de la despedida en la certeza de que mantenerse en movimiento era el mayor homenaje que podía rendir a la memoria de quien siempre la respaldó.